ESTO ES UNA DECLARACIÓN DE GUERRA CONTRA MÍ MISMA.
No contra una idea abstracta, no contra un error difuso, sino contra esa versión concreta de mí que aprendió a sobrevivir destruyéndose. Contra la mano que siempre eligió el atajo hacia el olvido. Contra la mente que convirtió la huida en un instinto.
Durante demasiado tiempo hubo dos personas dentro del mismo cuerpo: una que intentaba sostenerse en pie y otra que empujaba desde dentro para derrumbarlo todo. Y la segunda siempre ganaba, no por fuerza, sino por costumbre. Porque sabía exactamente dónde golpear: el cansancio, la culpa, el miedo, la vergüenza.
Golpeaba ahí y yo cedía.
Las drogas no fueron el origen, fueron el idioma de esa derrota interna. Una traducción rápida del dolor. Un interruptor. Un apagón voluntario. Alcohol, humo, veneno con distintas formas y el mismo resultado: silencio. Un silencio que no curaba nada, pero lo detenía todo el tiempo suficiente para no tener que mirarme.
He atravesado lugares donde el cuerpo deja de ser un hogar y se convierte en un campo de batalla. He llevado mi propia vida como si fuera algo prescindible, como si pudiera desgastarla sin consecuencias reales. Como si las personas que me querían no fueran a romperse también al otro lado.
Y se rompieron.
Las fui dejando atrás no con un gesto, sino con una acumulación de ausencias. Cada promesa incumplida era una piedra. Cada mentira, otra. Cada desaparición, otra más. No hubo un momento exacto en el que me quedé sola. Fue un derrumbe lento, meticuloso, casi técnico. Como si yo misma hubiera diseñado la forma de perderlo todo.
Lo más brutal no es lo que consumí, sino en qué me convertí para justificarlo. La capacidad de mirar el daño y llamarlo normalidad. De confundir la autodestrucción con alivio. De seguir adelante mientras por dentro todo se deshacía sin permiso.
He intentado huir de mí de todas las maneras posibles. He cambiado de sustancia como quien cambia de habitación esperando que en alguna no duela existir. Pero siempre era la misma casa. Siempre era el mismo cuerpo. Siempre era la misma mente escapando de sí misma como si pudiera alcanzarse desde fuera.
Hoy no escribo esto para salvarme ni para pedir perdón. Escribo esto porque por primera vez no quiero negociar con la parte de mí que destruye. No quiero comprenderla, ni suavizarla, ni vestirla de historia triste. Quiero enfrentarlo como se enfrenta algo que lleva demasiado tiempo gobernando en silencio.
Esto es una guerra interna.
Esta vez no pienso retirarme.
Noelia
